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La sentencia está escrita: la purga ha comenzado y Gustavo Petro no se librará de ella, y más bien tendrá que pagar todas las bellaquerías que está cometiendo contra los enfermos colombianos.

La Hecatombe Narcoterrorista y el Ultimátum de Acero de Washington


La cruda verdad debe ser vomitada sin anestesia: antes de que el presidente Gustavo Petro se atreviera a proferir su primer insulto insolente contra Donald Trump, la maquinaria de guerra estadounidense ya estaba desplegada. Aviones de combate, misiles de crucero y una flota de buques de guerra ya estrangulaban el Caribe, ejecutando un ataque quirúrgico contra las arterias del narcotráfico marítimo, listos para la inminente invasión terrestre.

 

Pero cuando el exguerrillero Petro comenzó a despotricar y a vomitar injurias contra el coloso de Washington, la respuesta fue un golpe demoledor que resonó en el mapa geopolítico: Trump ordenó la movilización del USS Gerald R. Ford. Esta no fue una simple maniobra, fue un ultimátum de acero. El Ford es el cenit de la brutalidad bélica, un monstruo naval con una tripulación de 4.500 almas, capacidad para más de 75 aeronaves de destrucción y propulsado por dos reactores nucleares que le permiten operar sin límites, un símbolo aplastante del poderío indomable.


El Verano de la Infamia: Petro como Enemigo Existencial


La adición de este leviatán de guerra fue la declaración oficial de Trump al mundo: la inteligencia estadounidense había diseccionado al presidente colombiano y había concluido que Petro, el guerrillero reencarnado del M-19, encarna una peligrosidad máxima y existencial, un riesgo comparable solo con la calaña más negra del terrorismo regional: la que representaron los monstruos de Pablo Escobar y Manuel Marulanda.

 

Con esa decisión aparentemente desmesurada y brutalmente desproporcionada, Trump comunicó al planeta el hallazgo infame de sus investigadores: el programa de la "paz total" de Petro es un engaño sangriento, una coartada cínica que ha servido para blindar y consolidar las empresas criminales del ELN, las FARC y el Clan del Golfo, prohibiendo a la Fuerza Pública enfrentar a estos cánceres con la fuerza letal que se merecen.


Ilegitimidad y Sentencia de Persecución


Sin embargo, a pesar de la gravedad de su colaboración criminal, un acontecimiento aún más vasto y putrefacto asoma: el presidente Petro, en su condición de líder del narcotráfico regional, es una figura ilegítima. La evidencia es irrefutable y nauseabunda: la recepción de $15.000 millones de pesos provenientes del Cártel de los Soles para financiar su ascenso al poder.

 

Por lo tanto, este presidente manchado de sangre y dinero sucio no es solo un criminal, es un objetivo militar legítimo susceptible de ser perseguido bajo el precepto 50 del derecho de guerra de Estados Unidos contra el terrorismo.

 

Dos fuerzas colosales y antagónicas han chocado en este punto de inflexión. Por un lado, el liderazgo narcoterrorista y regional encarnado por Petro; por el otro, la decisión inquebrantable e implacable de Trump de perseguir, condenar y pulverizar el narcoterrorismo, el enemigo principal de Occidente y una amenaza pestilente para la humanidad.

 

El presidente Petro delira cuando advierte a Trump que no se atreva a poner un pie en Colombia, amenazando con una revuelta fantasmal del "pueblo colombiano". Es una bravata ridícula. ¿Acaso el tirano tropical cree que Trump persigue a los ciudadanos de bien? ¿Acaso ignora el portazo electoral que le dio el país ayer en las urnas? Su patético farol de contar con "más de un millón de comunistas" se desvanece ante la realidad de un pueblo que le está dando la espalda, asqueado de su gestión catastrófica y su connivencia con el crimen. La sentencia está escrita: la purga ha comenzado y Gustavo Petro no se librará de ella, y más bien tendrá que pagar todas las bellaquerías que está cometiendo contra los enfermos colombianos.
 

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